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La enredadera



La enredadera


“Son las normas”-pensó Julio al llegar, miró la fila y caminó hacia ella.
Las oficinas abrían a las ocho, pero era conveniente llegar una hora antes para no hacer una larga cola en el ingreso.
Esa mañana Julio leyó nuevamente el cartel de la delegación:
“Secretaría de Medio Ambiente y Conservación Urbana.”
Miró su reloj, aún faltaba una hora para que abriesen. Resignado ocupó su lugar en la fila, recordando el día cuando le llegó una intimación para cortar por la mitad una vieja enredadera que cubría su patio de tres por cinco. En esa notificación las autoridades eran bien claras, o la cortaba él o lo haría la fuerza pública, además de tener que pagar una costosa multa.
Todo se había originado cuando su vecino, Don Bonifacio, le hizo una denuncia argumentando que la enredadera que crecía en el patio de Julio, ensuciaba con hojas su cuidado jardín. Agregó que esto sucedía desde hacía años, que era una planta trepadora, invasiva y sucia. Como una gigante tela de araña atrapaba todo lo que volase en su cercanía: polvo, tierra, plumas, y luego esto caía en su jardín; estropeando todas las mejoras y cuidados que Bonifacio hacía a diario.
La enredadera en cuestión había sido plantada hacía cincuenta años por el abuelo de Julio. Estaba ubicada en el centro del patio, salía del suelo en dos ramas, formando una “V”, que con el tiempo se anudó creciendo sobre tres arcos de hierro colocados para ese fin. Una de las ramas cubrió luego de décadas la parte delantera del patio; la otra, la trasera. Y era ésta la que le causaba los problemas a su vecino.
Julio estaba sumergido en sus recuerdos. Rememoró cuando, después de la denuncia, llegaron a su casa tres Inspectores Botánicos vestidos de overol verde, especialistas en plantas de altura; para corroborar la acusación. De inmediato le solicitaron planos, aunque ellos mismos estaban parados en el patio, a pasos de la enredadera. Él les dijo que no disponía de un plano específico de ese pequeño solar, pero les confirmó las medidas: tres metros de ancho por cinco de largo. De inmediato los versados Peritos determinaron que estaban ante una Ipomoea alba, comúnmente conocida como Ave María, planta perenne de pequeñas flores de color blanco crema. Después que los tres giraron cinco veces alrededor de la planta, uno de ellos dictaminó:
_Sí, evidentemente constituye un peligro potencial; es una liana tropical, sí, es muy peligrosa y agresiva…si continua extendiéndose puede llegar hasta treinta metros. Es un verdadero riesgo.-dijo el Jefe de la Misión Botánica de Peritaje. En ese momento, recordaba Julio, no toleró más semejantes aseveraciones y les respondió:
_Pero…mi Dios!!!, es una Ave María, por favor señores no exageren…-pero el Botánico no lo dejó continuar, y dando por concluida la pericia lo emplazó.
_Lo siento señor, pero estamos frente a un riesgo para la comunidad, dispone usted de 15 días para cortarla por la mitad, así evitaremos que avance ocasionando más daños. Esta rama, la que se dirige hacia el fondo, es la que debe eliminar…nosotros le mandaremos un jardinero para que se encargue de este problema, ¿o se encargará usted?-
Julio les propuso una prolija poda, y se comprometió a mantenerla cuidada, bien limpia y vigilada para evitar futuras invasiones. Pero no, no hubo caso, los Peritos, impertérritos, le recordaron el plazo: 15 días.
Julio, disciplinado en la fila, continuaba rememorando todo lo acontecido desde la llegada de esa notificación a sus manos. Recordó que no pudo dormir esa noche, luego de la llegada de los Botánicos Inspectores. No sabía si lo que sucedía era una pesadilla o realmente le estaba aconteciendo a él. Y muy temprano a la mañana, se dirigió por primera vez a las Oficinas de Secretaría de Medio Ambiente y Conservación Urbana.”
Luego de una larga espera fue recibido por el Jefe y Subjefe de esa dependencia: Malatesta y Rosales. Ellos ya conocían su expediente. Julio se sentó y comenzó a hablar.
_Señores, apelo a ustedes para encontrar a mi problema una solución contemporizadora…menos terminal y drástica. Es simplemente una enredadera… Ave María, tiene un gran valor afectivo para mi…la plantó mi abuelo hace cincuenta años… yo me comprometo…-pero el jefe lo interrumpió, levantado la mano derecha, mientras leía en una carpeta para recordar el nombre-
_Casas, Julio Casas, no, no podemos dar marcha atrás con esta ordenanza, son las normas-dijo Malatesta, que se paró y rodeó el escritorio mientras se limpiaba los anteojos con un pañuelo sucio totalmente arrugado. Luego se detuvo frente a él acariciándose con la mano izquierda su cabeza, donde aún quedaban algunos cabellos aislados. Entre el pulgar e índice, se tomó la punta de sus finos bigotitos y continuó.
_Usted comprenderá señor, que no existe ninguna animosidad hacia su persona, no, para nada, pero ante esta denuncia del vecino Bonifacio debemos actuar y cumplir con las normas. Se le ha fijado a usted un plazo de 15 días para erradicar el problema. Pero... pero…podríamos concederle 15 días adicionales si nos trae los planos de su casa, firmados por un Arquitecto y un Ingeniero Civil, donde se detalle claramente todas las medidas y datos del predio. Esos planos deben estar sellados y legalizados en el Ministerio de Justicia… ¿quiere tomar nota?-Julio lo miró impotente, no sabía si llorar ahí o esperar a estar sólo en su trabajo. Era una persona muy calma, pero en ese instante sintió que en su interior se estaba despertando un volcán. En ese momento una mano le palmeo el hombro sacándolo de sus cavilaciones; era la persona que estaba detrás de él en la cola.
_Señor, avance por favor, ya abrieron, sigue usted.-Julio volvió a mirar su reloj, había estado una hora recordando todo lo sucedido; ya eran las ocho de la mañana.
Avanzó por el pasillo llegando hasta la dependencia ya tan conocida por él.
Respetuosamente le dio la mano al Jefe y al Subjefe; Malatesta le indicó que se sentase.
_Ay mi amigo Casas -dijo el jefe- aún no nos ha traído esos planos legalizados por el Ministerio de Justicia…entonces comprenderá que por más que yo quiera adoptar una actitud conciliatoria con su caso…se hace imposible, ay Casas, usted sí que hace las cosas difíciles… me voy a ver obligado a proceder de una manera drástica, ya bien lo sabe, son las normas, y…-Julio lo interrumpió.
_Esto ya parece una broma de muy mal gusto. Esta es la quinta vez que vengo, yo comprendo que hay reglas que cumplir, pero creo que ya he cumplimentado con todo las formas… hasta les he traído la factura de compras de la enredadera; ¡un papel de cincuenta años!…-decía Julio, mientras movía sus manos como dándole más fuerza a sus palabras, cuando fue interrumpido por Malatesta, que desde su metro cincuenta se levantó lentamente del escritorio, mirandole primero los pies y luego más allá de su cabeza, hacia ningún lado, para no tener que enfrentar sus ojos.
_Son las normas Casas, las normas, y usted debe cumplir con los requisitos solicitados, sino aténgase a las consecuencias.-
Julio se pasó la mano por su frente transpirada, incrédulo de tanta terquedad, lo miró por unos segundos aunque ya Malatesta estaba más allá de la conversación revisando quien sabe que expediente que reposaba polvoriento sobre la mesa. Pero Julio, extenuado no quiso darse nuevamente por vencido, miró el escritorio de al lado, el de Rosales, el Subjefe, y dirigiéndose a él le repitió:
_Señor, usted también sabe que he traído todas las certificaciones y documentos, ahora me piden una legalización, esto es algo de nunca acabar…_pero Rosales no lo dejó continuar.
_Casas, mi amigo Casas, ya se lo ha dicho el Jefe: son las normas.
Julio se levantó temblando furioso, los miró y les dijo:
_Señores, yo me tengo que ir a trabajar, hagan lo que les plazca, y si tienen que proceder; procedan.-
Ya en la calle respiró profundo, alisó su cabello y se dirigió con su auto a la ferretería más cercana.
En su domicilio, ante la mirada atónita de su mujer y sus dos pequeños hijos, cruzó su casa con un hacha en la mano, hasta llegar frente a la enredadera. “Perdoname abuelo.”-pensó, al momento que con dos golpes certeros eliminó de raíz el problema que lo estaba enloqueciendo.

Con los días Julio fue recuperando su tranquilidad y calma. No quería ni pensar en todo lo ocurrido, si lo hacía se le reagudizaría su vieja úlcera. Trabajaba hasta catorce horas diarias; era una muy buena manera de tener ocupada su cabeza lejos de esos días de locura. Aunque de tanto en tanto caía en un oscuro foso que lo trasportaba a esas jornadas de trámites demenciales e interminables.
Habían pasado seis meses, él, estaba ya calmo, y pese a todo lo sucedido seguía saludando a su vecino, Don Bonifacio, cuando se lo cruzaba en la calle.
De la enredadera nada quedó, solo un seco muñón en “V”, de unos diez centímetros.
Era casi navidad, cuando una mañana en su trabajo, leyendo las planillas de ingresos y tareas a realizar, lo sorprendió un nombre en particular: Malatesta. Julio se acomodó los anteojos y volvió a leer. Sí, no había dudas, era el Jefe de “Secretaría de Medio Ambiente y Conservación Urbana.”
Al parecer el día anterior el Jefe estaba paseando su perro por La Alameda, cuando desde un balcón de un segundo piso se desprendió una maceta y dio de lleno en la cabeza de Malatesta. Éste murió de forma instantánea.
Julio se extrañó por sus sentimientos encontrados tras esta noticia, aunque prevaleció la pena por lo ocurrido. En ese momento golpearon la puerta de su despacho. Al abrir se sorprendió dando un paso hacia atrás; era Rosales, el Subjefe. Disimulando su sorpresa le dio la mano lamentándose por lo acontecido, Malatesta era su superior, pero seguramente habían sido buenos amigos.
_Gracias Casas, parece mentira…ayer estuvimos juntos toda la mañana…pero así son las cosas, sólo Dios sabe el porqué de estos hechos.-dijo Rosales mientras Julio le indicaba que se sentase. Rosales, no dio mayores rodeos y le preguntó cuando sería la autopsia. Julio era el Jefe Médico del equipo Forense.
_Es terrible Doctor Casas, pero es la vida… ¿no se demoran con estos trabajos?-preguntó Rosales. Julio sin todavía entender bien el porqué de la pregunta, supuso que era por la entrega del cuerpo a la familia. Pero Rosales fue directo al punto.
_Doctor, me tiene que hacer un favor. Le pido que no demore esta autopsia…ya casi es navidad, luego todo para, se detiene, hasta el 1º de enero…y mientras el cuerpo esté acá… y usted no firme el certificado de defunción…Malatesta sigue siendo el Jefe.-Julio lo interrumpió.
_Sí, el Jefe en “los papeles”…-ansioso Rosales no lo dejó continuar.
_Doctor, si se certifica su muerte antes que termine este año yo… yo sería el nuevo Jefe…pero si el papelerío sigue hasta el próximo año…por mi edad,¿comprende?...ya no seré yo, quedo fuera de la posibilidad de ese cargo; y el siguiente en el orden de jerarquía es mi asistente que es más joven…entonces él sería mi nuevo Jefe…Ay Doctor, por un año…mi Dios, lo que es la burocracia.-Julio, no lo dejó continuar, no toleró más tanta miseria humana.
_Rosales, yo no me puedo comprometer con usted en esto. Acá no tenemos sólo a Malatesta, hay ingresos anteriores…y familias que esperan. Usted sabe que en la vida hay gente que “enreda”, y otras que tratan de avanzar. Uno puede optar, o se está dentro de la “enredadera”, siempre frenado, o se está afuera, sin dejarse atrapar, sumando cada día. Acá en el Hospital tenemos una metodología de trabajo, yo no me apartaré de ella.-
Julio se levantó dando así por concluida la conversación. Se acercó a Rosales aún sentado, que estaba lívido, color tiza. Lo acompañó hasta la puerta. Lo miró fijo unos segundos, le dio la mano y le dijo sólo cuatro palabras, él ya comprendería el resto:
_Rosales, son las normas.-



Marcelo Castelli







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